27 junio 2009

El viaje de Ramón



No tenía nada que ver la inquietud de Ramón con la sordera que venía padeciendo a causa de la pólvora de la Guerra Civil. Sin embargo, el hartazgo por la finalidad y las tendencias opuestas de la guerra caló sumamente en el subconsciente de ese señor cuarentón. Para superar esos estereotipos, se sumó a las andanzas de un apetito colonial que no distaba tanto de su Andalucía natal.

Entumecido por el ruido de las hostilidades y el espejismo del Sahara, Ramón tenía el sentimiento de encontrar en su aventura la conquista de la fácil fortuna con la cual pretendía abrazar para siempre las piramidales dunas del vasto horizonte. Por eso cuando le hablaron de Smara quedó atrapado por el embrujo de las cúpulas y las paredes circulares de una aldea de arcilla y piedra, dormida en el ensueño humano y natural de una época que fue marcada por las caravanas de la sal.

Impulsado quizás por las razones de un antiguo proverbio que reza “Mejor es ver con los propios ojos que ser informado por otro”, Ramón, sin olvidar el móvil de codicia, se encontró un día sin imaginarlo nunca frente a la vieja Qasba de negros muros de la que Chej-Malainin quiso hacer una meca y un referente en el corazón del desierto. La singular mezquita de Smara constituyó por largo periodo una obra legendaria y cultural de los hombres del Sahara, pero desgraciadamente buena parte de este patrimonio y monumento a la hulla de la resistencia fue destruido por la incursión colonial francesa, bajo el mando de Mouret en 1913.

La predilecta fascinación de Ramón por este lugar arropó su cuerpo hasta el extremo de que su imaginación tocó fondo en el edén de la desolación y la embriaguez perdida a causa de una guerra atroz. Sin embargo, un sentimiento contrario, una diferencia de invocación en el tiempo y en el ideal, dejaron a Ramón sin poder alcanzar las fronteras colindantes de la inspiración del poeta y explorador francés, Michel Vieuchauge, que abrazó sin querer el encanto de la ciudad de Smara en un compromiso mortal a cambio de contemplar la misma por unos instantes. Pasado el tiempo, hoy esa réplica sigue clamando el silencio del viento. Es pues una llamada de una ciudad perdida en la arena, en la historia, y en la connotación de otras tantas ciudades que la asemejan en el desierto a la altura de Chinguetti, Uadane, Taudane, Tindouf y Tombuctú.

Al poblado santo de Chej-Malainin el forastero español llegó descalzo y sentado en la parte trasera de la carrocería del Dodge, camión destinado al avituallamiento de víveres para las tropas al mando del teniente Madrid.

Después de una travesía sin riesgos, sólo el meneo en el interior de la carrocería del camión, Ramón, con inmensas ganas, se apeó por fin en el portal del modesto economato del poblado entre el rugir del motor aun sin parar y la curiosidad de la gente, tan impaciente por descubrir las sorpresas del vehículo. Por su parte el cabo de la expedición salió disparado entre el gentío de curiosos y en voz alta anunció a su patrón: “Sin novedad, mi teniente, las tropas ya tienen para comer”.

Asombrado por el paisaje y la gente del lugar, Ramón disimuló con un apretón de muelas las agujetas de un largo viaje y sin demora alguna se presentó ante la máxima autoridad de la ciudad. Era el primer civil español que se valía de un salvoconducto extendido para viajar dentro del territorio, por el comandante de El Aaiun, Rufino Pérez Barrueco.

Con el visto bueno del teniente de la zona Ramón habilitó un estrecho local encarado a Dar diafa[1], colindante a la Qasba que gestionaba Muhamddi Chej-Mohamed El Haiba, el español empezó a fabricar en este lugar las primeras pastillas de jabón, que por aquel entonces eran muy demandadas junto a las latas de cien gramos de tomate, más conocidas con el nombre de las “latitas de Ramón”.

Las facetas de la aventura de Ramón fueron estimuladas igualmente por la ganancia, la ausencia de competencia y el apoyo de los señores coloniales. El andaluz en su afán por ganar y prosperar, topó y estrechó profundas relaciones con los incipientes mercaderes nativos tales como Nabet uid Jatari, Habib Lehbib, Sidahmed uld Salek y Sidahmed uld El Meiles. Entonces el trueque comenzó a funcionar a toda máquina, los saharauis surtían a Ramón gigantescas banastas repletas de lana y turjha[2] a cambio de novedosas mercancías fastuosas que traían las falugas[3] de más allá de la mar.

Fue por eso que en las postrimerías de la hambruna de la guerra, la baraca, el economato, las iniciativas personales, la codicia de Ramón y las 350 pesetas que cobraba cada alistado en el ejército, ayudaron a que la ciudad santa prosperara hasta que todos sus habitantes civiles y uniformados les alcanzó el trigo, el mijo y la gama.


_________________

[1] Casa de huéspedes
[2] Lámina de corteza que se quita del tronco de la acacia o talha, y se usa para hacer cuerdas y sogas
[3] Embarcaciones

24 abril 2009

El viejo de Tirnit



A lomo de camello la noticia de la travesía del mar se propagó por todo el desierto. A la gente le abordó un sentimiento de sorpresa e indiferencia. IBERIA había protagonizado uno de los hechos más importantes de su historia el 22 de septiembre de 1946. Ese día el cuatrimotor Douglas DC-4 bajaba del cielo en Dajla en escala técnica proveniente de la capital de la metrópoli, Madrid, en su trayecto hacia Natal en Brasil. La gesta supuso un reto de la aviación civil española al alcanzar Al atlántico sur desde las costas saharauis.

A las pocas horas de surcar el Douglas el cielo hacia su destino final, a Salek le cortaron el cordón umbilical en medio de la soledad del desierto. El séptimo día de haber nacido, la abuela convocó a Dada para bendecir al niño con el ritual del amuleto. Según la práctica tradicional al recién nacido se le ofrece el nombre definitivo a la luz de la bruma de los inciensos fruto de la reflexión y la heredada generosidad de los abuelos.

La educación que recibió Salek por parte de su añorada abuela le ayudó a despuntar como un auténtico hombre del desierto. De todos sus atributos podríamos reseñar su sabiduría y la íntima relación con el pedregal Tirnit. En este lugar es donde por vez primera conoció la posición de Aldebarán en el cielo como referente de rutas de agua y pastos en tiempos de paz.

Salek mostraba claramente su temperamento de viejo revolucionario mascando un palito de mesuak entre los mástiles de la jaima de lona, donación del alto comisariado para los refugiados. Salek durante su estancia lejos de la tierra de Tirnit soportó más que nunca el dolor que le producía su enfermedad asmática, pero él nunca dejó de luchar por sus expectativas de futuro y tenía una personalidad capaz de crecerse ante las circunstancias adversas. También poseía el instinto para percatarse de la importancia de las cosas más sencillas; como el rebaño de ovejas, la inmensidad del hemisferio, el océano de tierra y el ajuar sin ordenar en la vivienda que no ocultaba el logotipo azul de la comunidad europea.

El paso de los años y la crisis de asma debilitaron sumamente al viejo hasta el extremo de ser capaz de presentir cualquier cambio atmosférico. El viejo frecuentemente caía en estado melancólico sensibilizando sus afectos hasta que la longeva abuela extraía el remedio más adecuado con sus dulces palabras. Palabras que tenían la facultad de hacerle regresar de su viaje nostálgico. En el relato de la abuela siempre estaba esa relación directa del Douglas DC-4 y los peculiares gritos de júbilo que sentenciaron el nacimiento de Salek.

Entre el anhelo y el suspiro el viejo pretendía encontrar lo que no pudo percibir en otros sitios donde dejó huellas y vagos recuerdos que todavía fluían en su comportamiento.

El alumbramiento del único hijo de Salek creó una sensación de esperanza de continuidad para vivir mejor. El padre en el ascetismo de las santuarias tierras de Tirnit grita el nombre del hijo, una enseña para hacer retornar la razón al espíritu de los vivos.

23 marzo 2009

La parcela de El Mubarek



Es indiferente para quien no conoce al pragmático El Mubarek, que con fe propia pisó de nuevo estos lugares con muchas ganas de vivir después de haberlos abandonado un día que no recuerda del todo bien. De los parajes de Tifariti salió despavorido a causa del ruido de las armas más la plaga que carcomió la parcela verde que el capitán de turno de la antigua guarnición dejó entre sus manos, hasta el regreso de una misión urgente allende de los mares.

La somnolencia de paz con ceñida libertad empujó a El Mubarek como una libélula a delimitar con evidentes linderos los escombros del pretérito huerto donde hoy se afana en levantar pieza a pieza el barracón de hojalata y cartón en una explanada que considera su terreno liberado.

Empeñado en que la reconstrucción no es nada ilusoria, El Mubarek se muestra fascinado entre la desperdigada chatarra de la guerra y los dibujos de calaveras en placas de metal que anuncian el peligro de minas. Martillando contrarreloj a lo largo de todo el día para hacer realidad el soñado cobijo de su vida, sin negarse a prestar ayuda a todo aquel que tenga la ilusión de convertir el lugar en un dedal de barracones, mientras tanto el iluso hombre espanta la soledad en la cañada próxima a la intersección de las pistas que llevan a todas partes. En la misma dirección se asoma de vez en vez la vetusta cisterna sin matricular que provee de agua potable a uniformados y civiles por igual en la medida en que el viejo motor tenga la suficiente fuerza de alcanzar las incrustadas favelas que abrazan el mercadillo. Un humilde lugar de compra y venta que se regula por sí mismo sin la intervención ni de dependientes ni de intermediarios.

Antes de abandonar el lugar el viajero, perplejo ante su propio asombro, toma impulso y sombra en una superviviente acacia antes de continuar el incómodo periplo, que en todo caso no disipa el recuerdo del retumbar del tambor de El Mubarek, el hálito de humo del rudimentario horno de pan y la compacta polvareda que los neumáticos despiden hacia el cielo para dejar entrever la parcela que se aleja en la dirección contraria.

17 febrero 2009

Sidati Salami: una manera de contar



El modo de vida operada en la sociedad a causa del flujo mediático y la nueva visión que azota el mundo ha dejado algunas costumbres y tradiciones en la cuneta del olvido. De ello no se salva la narrativa oral que hoy en día se lame las heridas de la decepción y el desinterés. Sin embargo esta manera de expresión tan antigua como actual al menos aquí sigue en las buenas manos de un brillante poeta saharaui que la guarda con amor y coherencia indeleble como algo muy personal y de interés general.

Un hombre majestuoso en el aspecto, en la expresión y en la manera de hacer llegar la palabra hasani como eco cultural al margen de la dualidad y los entresijos, en un pacto carnal y espiritual, de vuelta hacia atrás a la memoria social, a fin de asomarse al futuro en escala inmediata en el presente, atiborrado de contradicciones permanentes que a veces perturban el natural sosiego que bebe de la benevolencia de la identidad y el desarrollo cultural.

No era fácil el reto pero parece ser que la voluntad se había sumado aprisa al ímpetu de este pionero de la radio de El Aaiun, sonrisa a flor de boca y una poblada barba gris que compagina con el atuendo tradicional que exhibe con elegancia particular, sin duda es un hombre de su época y un Mualem de generaciones. Privado de la vista a temprana edad sin que el corazón nunca haya dejado de sentir con preocupación la melodía y el ritmo que le sopla al oído sigilosamente una fiel musa que reúne en su instinto la danza, la trova y las alabanzas que azuzan el sentimiento y la emoción del hombre de las tierras inhóspitas.

Para Sidati Salami Lehbib llegar a viejo es cuando ya no hay alguien que encomienda a velar por el patrimonio cultural tanto oral como material que dibuja la huella del porvenir, que en realidad no es más que el presente que nunca acaba. Por ello no debe faltar nunca la aureola de los adagios, refranes y proverbios que continúan despertando en la sucesión del tiempo una buena manera de contar, una enseñanza moral y un apego del individuo a ese amor frenético, noble y audaz, en una simbiosis donde la tierra, los animales, el agua y la luz entran como vivencia de libertad expresa que repele con modestia todo alboroto y cacofonía de una conjura que no se detiene en estar braceando contra el medio y la idiosincrasia del hombre del desierto.

En esta concatenación de elementos se destaca la identidad como medio de existencia que rehuye, para no perecer de molicie y lujuria en un habitat bien determinado, honesto y parco, como prueba de desarrollo de cultura y sociedad, lejos de toda postración y costumbres perniciosas.

Una narrativa milenaria donde no falta la nostalgia y el tórrido deseo hacia parajes, montes y páramos que no desbordan los limites de Tiris y Zemur, escenario por la supervivencia de algunos animales personalizados de la fauna que encarnan la guerra, la pena, la alegría, la paz, el trabajo, la sequía y la abundancia de los habitantes del desierto. Toda esta representación va desde el erizo pasando por el zorro hasta el temible "GARFAF". Una verdadera fábula donde el bien y el mal no coinciden nunca y donde el misterio y la mitología aportan más virtudes que quimeras, e insuflan valor y determinación a grandes y chiquitines, aunados por una llana narrativa popular y por mucho más...
*Ilustración: portada del libro Cuentos saharauis de Larosi Haidar

05 diciembre 2008

El panadero Moulud




Las buenas espigas de la adorable Tadjist, sureste de El Aaiun, habían despertado en el panadero Moulud un amor eterno hacia esa profesión que defendió con creces, hasta que no pudo introducir la paleta de madera en el interior de la boca del horno para sacar el pan. El resultado del empeño con el que ganaba la vida con fe de satisfacción, era un pan de harina natural cocido a base de leña del indomable izik, cuyas graras parecen ser un cinturón de vida verde que acorralan a una ciudad en la que su gente y su historia siguen dispersos.

El calor humano sorprendía a la entrada de una estrecha callejuela de los barrios emergentes de Colominas, donde se destacaba una casa-favela de construcción humilde, afeada por una rehabilitación posterior, laberíntica e iluminada a la hora del trabajo por una llama tenue dentro de un agujero, el horno. Sus pasillos retenían como una caricia el olor crujiente de la pasta amasada con delicia por las manos de Moulud, quien trabajaba pensando siempre en los lugareños y en los niños curiosos que traían el pan ácimo para hornear.

Los chavales vivían la vida con intensidad y años después aún recuerdan el esfuerzo de ese hombre genial, aferrado continuamente a su tarea en aras de mitigar el hambre de los demás.

El horno lo levantó con piedra, hierba y arcilla, mixtura de esfuerzo de un hombre sin sosiego que amaba su profesión. De aspecto impresionante, voz casi inaudible, enjuto y misterioso para muchos que no conocían el secreto y el misterio del panadero, haría falta mucha imaginación para reconstruir los lugares que recorrió en su faena para conquistar el pan. Muchos se han olvidado de él, pero algunos todavía recuerdan vagamente aquella enseñanza que repetía a diario en el horno: que todo lo que se hace con amor, con corazón, tiene que salir bien.

Moulud hacía las cosas muy bien, era honesto, auténtico, resultado de su gente y de su paisaje, un hombre firme, lejos de ser veleidoso para no volverse hostil con el paso del tiempo, temía a los pies de barro, como la traición y la mentira, porque sabía que no llevarían lejos.

Los últimos años una enfermedad sin reparos le robó parte de ese ímpetu y energía para dejarle inmóvil, impedido de recorrer las zigzagueantes estelas de una ciudad que le llevó a la prosperidad y al cariño.

La embriaguez de felicidad sigue patente a su manera, los ojos no lo ocultan y tampoco las pálidas manos, que de un momento a otro viajan con dificultad para reencontrarse con las ruedas de caucho de la antigua silla que alguien dejó a su paso, y que constituye hoy sin embargo un eficaz medio con el que se menea de un lado para otro sin cambiar de posición.

Por ello y por todo el esfuerzo, el corazón de este hombre sigue latiendo para sus adentros, sin haber soñado nunca con el estrellato, sólo con vivir como un simple panadero a la altura del señor Suilem y el noble Manolo.

25 octubre 2008

La vuelta de Octubre


Cada año cuando el estío arbitra el otoño y la primavera en sus respectivos pasos estacionales, sentimos entonces más de cerca el octubre que nos sorprende inmersos en recuerdos que se viven con sabor propio y fuerza de cambio. La memoria en su dimensión de nostalgia y de fiabilidad va rodando por hechos insólitos que causaron deformidad degradante a la vista de todos, pequeños y mayores. Pues de aquellos episodios se destaca por excelencia esa eclosión de langostas gregarias, famélicas, que aparecieron un día de finales de octubre envueltas en nube oscura que se levantó del norte tan próximo a la luz de la traición de noviembre.

Era un desliz con tinte de imprudencia que caló en lo humano y en lo geográfico para dar paso a los insectos a que cuestionarán sus cuerpos alargados sobre piedras y matorrales del patio ajeno, nada importa, aunque la matriz paría dolor y aunque se removía en las entrañas a fin de ganar a costa de sufrimiento y dolor. No había condena justa, por ello no les quedaba más remedio que espantar y levantar humaredas que por desgracia arrojaron lágrimas y sueños por realizar.

Los intermediarios parciales e imparciales prometieron lo que nunca acataron y se afiliaron todos a sus colegas de antaño. Con la pasividad en marcha se marcó el inicio de la asonada de molinos de viento a roer como guerreros inmunes, desarmados de sables y armados de espejismo. Desafortunadamente la tierra se encogió bajo los pies, el gajo de viejo y de pobre esperaban atentos a la razón que tejió a la sinrazón que levantó el ánimo de la calaña que desfavoreció a padres e hijos.

El otoño de 1975 era amargo y duro. Sin embargo la gente, a pesar del vértigo, se mostró desafiante y mirando hacia atrás releían la sequía que precedió a 1970, un hecho inaudito que asociaron a la indignación de Sidi Ifni y a Bulelam el majestuoso, de modo que era el preludio de una acción malintencionada para no valernos todos de nosotros mismos y someternos a la acción de los insectos y olvidarnos de la nota musical flamenca que históricamente nos unió para siempre.

El escepticismo lesionaba a la gente, pero por mera casualidad las primeras gotas de lluvia llegaron en junio y se mezclaron con sangre que alcanzó el río. En esa confusión la armada metropolitana llevó el botín a un lugar desconocido y alguien oyó un tiro que confundió con silencio. Pocos fueron los que consintieron la ira de lo incierto y el paso desapercibido de la guerra fría que nunca fue nuestra aureola, pero el olvido permitió que se arrasara con Tifariti y Um Draiga. Desde aquellos momentos todo se había sumido en el desastre, nadie se alarmó ni presagió la próxima avalancha, aunque estaban convencidos de que sólo la voluntad de conciencia remediará el triste paso de los insectos por los cuerpos de los vivos y de los muertos. La gente tenía que sobrevivir pero sin adaptarse al juego de los insectos.

11 junio 2008

Las llaves de la esperanza



Año tras año, en un lugar semidesconocido, de vegetación escasa y nubes pasajeras, fue sorprendido por un nuevo orden internacional, recesión económica y recalentamiento global. El desafortunado cambio lo atrapó en la cima de la colina empedrada y polvorienta, donde piedra a piedra levantó el centro especial para niños discapacitados de un campo de barro. La fe y el entusiasmo del primer día aceleraron la perseverancia para dejarlo soñar despierto en el nido de su propia trasformación. Empeñando demasiado tiempo y sobrepasando prejuicios y bromas amargas.

La madurez prematura azuzó inconmensurablemente su conciencia. La neumonía y el autoritarismo envilecido no impidieron que respirara a pulmón los sanos aires de la revolución. Revolución que entonces azotaba el continente y el mundo en su totalidad. La rebeldía del Che y de otros clásicos llegaba al desierto. Las ondas electromagnéticas de tipo hertzianas hacían llegar la encomendación. De hecho, eran oxígeno a toda marcha para la izquierda. La izquierda con sus mítines, panfletos, y tribunas que cerraban el paso a otros colores. Las calles eran abiertas por los cañones de agua de los antidisturbios. La toma de la calle era para la izquierda, con sus máximas, himnos, cantos y NO HABRA QUIEN NOS PARE. El fantasma rondaba el mundo. Corrían muy de prisa los años setenta al filo de hechos tan elocuentes que marcaron el comportamiento de toda una generación, conocida con diferentes nombres.

Apenas había sobrepasado el peldaño que rige la pubertad y las ideas de izquierda ya eran patentes. La incipiente lectura del célebre diario de Guevara, la radio pegada al oído, la agitación de un amigo recluta de tendencia republicana que vino al Sahara de la localidad de Caudete para servir a la madre patria y la censura que defendía un régimen que aunaba fronteras e ideas incompatibles bajo la misma bandera y la bayoneta fueron, a grosso modo, las vertientes que marcaron el inicio de la militancia de Buyema.

Sin haberle aún brotado el vello en el rostro aceptó el alias de Castro. Bendecido espiritualmente se fue en busca de la causa de los humildes, dejando a cuestas las contaditas casitas de la oriunda Daora que, hoy como ayer, sigue atrapada en el tiempo, en desdichada espera, a que aparezca Castro y en las manos lleve las llaves de la esperanza.


Foto: La mili en el Sahara