30 agosto 2009

El juego del viento



En comparación con otros vientos, el siroco[1] cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia[2] que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

El siroco renace de lo susceptible de los vientos, de los alisios, del color pardo gris del cielo, del mutismo de la tormenta; es pues el reflejo simultáneo de la tierra que va perdiendo distancia y altura en contraposición con el horizonte opaco e invisible. Por excelencia el siroco es la otra neblina con ráfagas de calor y de arena, es la válvula de escape del desierto que fluye envuelta de ensueños maravillosos a causa de las bajas presiones del mare nostrum.

El siroco impone su propia potestad sobre el terreno en el momento en que entra en desavenencias con el ábrego[3], anuncio para los ganaderos del Sahara en su cielo prodigioso de esperanza.

Con el deseo de mojar los tobillos de afán y resistencia, el siroco persiste como la fuerza indómita que repele todo aquello que huye de su encuentro. Toda esa huida lleva a lo incierto, a lo inmutable, a lo desconocido, pero sin embargo podrá aparecer de nuevo con otro rostro y diferentes rasgos, en una escala de valores que sólo se puede medir con un buen barómetro. Es el juego desconocido y permanente ente las direcciones del viento en el que no falta nunca lo cálido, lo incierto y lo fantástico. Esa intuición no la ocultan los vientos del Sahara, con la cual a veces se fusionan en acuerdo mutuo cara al altiplano, la hamada y el erg[4]. Ante esta situación el fascinante paisaje no tiene otra alternativa que batir su propio tambor en una escaramuza con la que pretende domar la vida del nómada. En este medio natural y en esta lucha inevitable en la que intervienen el siroco, el irifi[5] y el desierto, todos unen y armonizan esfuerzos para poder mover el velero, la vela y el timón en un mar de arena.


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[1] Es un viento de sudeste, caluroso y seco, de origen sahariano, generado por las depresiones que se forman en el mar Mediterráneo. Se presenta en masas de aire calientes, secas, tropicales, que son arrastradas hacia el norte por las células de baja presión que se mueven hacia el este a través del mar Mediterráneo, con el viento originado en los desiertos árabes o del Sahara. La duración del siroco puede ser desde medio a varios días y se produce generalmente durante el otoño y la primavera.
[2] Vientos cálidos del oeste
[3] Viento procedente del suroeste, templado, relativamente húmedo y portador de lluvias. Procede del Atlántico, de la zona entre las Islas Canarias y las Azores.
[4] Arenal en el que las arenas empujadas por el viento forman dunas, que se agrupan en cadenas y pueden constituir auténticos mares de arena.
[5] Viento sumamente seco y cálido procedente del Sureste, con velocidades considerables y que suele ir acompañado de espesas y molestas nubes de arena y cuyos efectos llegan a sentirse hasta en el archipiélago canario. Aunque el "irifi" no suele durarmás allá de los tres días, tiene un efecto nefasto sobre las personas al producir fuertes alteraciones sobre el sistema nervioso, sobre los animales y sobre la vegetación, que queda totalmente reseca.

27 junio 2009

El viaje de Ramón



No tenía nada que ver la inquietud de Ramón con la sordera que venía padeciendo a causa de la pólvora de la Guerra Civil. Sin embargo, el hartazgo por la finalidad y las tendencias opuestas de la guerra caló sumamente en el subconsciente de ese señor cuarentón. Para superar esos estereotipos, se sumó a las andanzas de un apetito colonial que no distaba tanto de su Andalucía natal.

Entumecido por el ruido de las hostilidades y el espejismo del Sahara, Ramón tenía el sentimiento de encontrar en su aventura la conquista de la fácil fortuna con la cual pretendía abrazar para siempre las piramidales dunas del vasto horizonte. Por eso cuando le hablaron de Smara quedó atrapado por el embrujo de las cúpulas y las paredes circulares de una aldea de arcilla y piedra, dormida en el ensueño humano y natural de una época que fue marcada por las caravanas de la sal.

Impulsado quizás por las razones de un antiguo proverbio que reza “Mejor es ver con los propios ojos que ser informado por otro”, Ramón, sin olvidar el móvil de codicia, se encontró un día sin imaginarlo nunca frente a la vieja Qasba de negros muros de la que Chej-Malainin quiso hacer una meca y un referente en el corazón del desierto. La singular mezquita de Smara constituyó por largo periodo una obra legendaria y cultural de los hombres del Sahara, pero desgraciadamente buena parte de este patrimonio y monumento a la hulla de la resistencia fue destruido por la incursión colonial francesa, bajo el mando de Mouret en 1913.

La predilecta fascinación de Ramón por este lugar arropó su cuerpo hasta el extremo de que su imaginación tocó fondo en el edén de la desolación y la embriaguez perdida a causa de una guerra atroz. Sin embargo, un sentimiento contrario, una diferencia de invocación en el tiempo y en el ideal, dejaron a Ramón sin poder alcanzar las fronteras colindantes de la inspiración del poeta y explorador francés, Michel Vieuchauge, que abrazó sin querer el encanto de la ciudad de Smara en un compromiso mortal a cambio de contemplar la misma por unos instantes. Pasado el tiempo, hoy esa réplica sigue clamando el silencio del viento. Es pues una llamada de una ciudad perdida en la arena, en la historia, y en la connotación de otras tantas ciudades que la asemejan en el desierto a la altura de Chinguetti, Uadane, Taudane, Tindouf y Tombuctú.

Al poblado santo de Chej-Malainin el forastero español llegó descalzo y sentado en la parte trasera de la carrocería del Dodge, camión destinado al avituallamiento de víveres para las tropas al mando del teniente Madrid.

Después de una travesía sin riesgos, sólo el meneo en el interior de la carrocería del camión, Ramón, con inmensas ganas, se apeó por fin en el portal del modesto economato del poblado entre el rugir del motor aun sin parar y la curiosidad de la gente, tan impaciente por descubrir las sorpresas del vehículo. Por su parte el cabo de la expedición salió disparado entre el gentío de curiosos y en voz alta anunció a su patrón: “Sin novedad, mi teniente, las tropas ya tienen para comer”.

Asombrado por el paisaje y la gente del lugar, Ramón disimuló con un apretón de muelas las agujetas de un largo viaje y sin demora alguna se presentó ante la máxima autoridad de la ciudad. Era el primer civil español que se valía de un salvoconducto extendido para viajar dentro del territorio, por el comandante de El Aaiun, Rufino Pérez Barrueco.

Con el visto bueno del teniente de la zona Ramón habilitó un estrecho local encarado a Dar diafa[1], colindante a la Qasba que gestionaba Muhamddi Chej-Mohamed El Haiba, el español empezó a fabricar en este lugar las primeras pastillas de jabón, que por aquel entonces eran muy demandadas junto a las latas de cien gramos de tomate, más conocidas con el nombre de las “latitas de Ramón”.

Las facetas de la aventura de Ramón fueron estimuladas igualmente por la ganancia, la ausencia de competencia y el apoyo de los señores coloniales. El andaluz en su afán por ganar y prosperar, topó y estrechó profundas relaciones con los incipientes mercaderes nativos tales como Nabet uid Jatari, Habib Lehbib, Sidahmed uld Salek y Sidahmed uld El Meiles. Entonces el trueque comenzó a funcionar a toda máquina, los saharauis surtían a Ramón gigantescas banastas repletas de lana y turjha[2] a cambio de novedosas mercancías fastuosas que traían las falugas[3] de más allá de la mar.

Fue por eso que en las postrimerías de la hambruna de la guerra, la baraca, el economato, las iniciativas personales, la codicia de Ramón y las 350 pesetas que cobraba cada alistado en el ejército, ayudaron a que la ciudad santa prosperara hasta que todos sus habitantes civiles y uniformados les alcanzó el trigo, el mijo y la gama.


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[1] Casa de huéspedes
[2] Lámina de corteza que se quita del tronco de la acacia o talha, y se usa para hacer cuerdas y sogas
[3] Embarcaciones

24 abril 2009

El viejo de Tirnit



A lomo de camello la noticia de la travesía del mar se propagó por todo el desierto. A la gente le abordó un sentimiento de sorpresa e indiferencia. IBERIA había protagonizado uno de los hechos más importantes de su historia el 22 de septiembre de 1946. Ese día el cuatrimotor Douglas DC-4 bajaba del cielo en Dajla en escala técnica proveniente de la capital de la metrópoli, Madrid, en su trayecto hacia Natal en Brasil. La gesta supuso un reto de la aviación civil española al alcanzar Al atlántico sur desde las costas saharauis.

A las pocas horas de surcar el Douglas el cielo hacia su destino final, a Salek le cortaron el cordón umbilical en medio de la soledad del desierto. El séptimo día de haber nacido, la abuela convocó a Dada para bendecir al niño con el ritual del amuleto. Según la práctica tradicional al recién nacido se le ofrece el nombre definitivo a la luz de la bruma de los inciensos fruto de la reflexión y la heredada generosidad de los abuelos.

La educación que recibió Salek por parte de su añorada abuela le ayudó a despuntar como un auténtico hombre del desierto. De todos sus atributos podríamos reseñar su sabiduría y la íntima relación con el pedregal Tirnit. En este lugar es donde por vez primera conoció la posición de Aldebarán en el cielo como referente de rutas de agua y pastos en tiempos de paz.

Salek mostraba claramente su temperamento de viejo revolucionario mascando un palito de mesuak entre los mástiles de la jaima de lona, donación del alto comisariado para los refugiados. Salek durante su estancia lejos de la tierra de Tirnit soportó más que nunca el dolor que le producía su enfermedad asmática, pero él nunca dejó de luchar por sus expectativas de futuro y tenía una personalidad capaz de crecerse ante las circunstancias adversas. También poseía el instinto para percatarse de la importancia de las cosas más sencillas; como el rebaño de ovejas, la inmensidad del hemisferio, el océano de tierra y el ajuar sin ordenar en la vivienda que no ocultaba el logotipo azul de la comunidad europea.

El paso de los años y la crisis de asma debilitaron sumamente al viejo hasta el extremo de ser capaz de presentir cualquier cambio atmosférico. El viejo frecuentemente caía en estado melancólico sensibilizando sus afectos hasta que la longeva abuela extraía el remedio más adecuado con sus dulces palabras. Palabras que tenían la facultad de hacerle regresar de su viaje nostálgico. En el relato de la abuela siempre estaba esa relación directa del Douglas DC-4 y los peculiares gritos de júbilo que sentenciaron el nacimiento de Salek.

Entre el anhelo y el suspiro el viejo pretendía encontrar lo que no pudo percibir en otros sitios donde dejó huellas y vagos recuerdos que todavía fluían en su comportamiento.

El alumbramiento del único hijo de Salek creó una sensación de esperanza de continuidad para vivir mejor. El padre en el ascetismo de las santuarias tierras de Tirnit grita el nombre del hijo, una enseña para hacer retornar la razón al espíritu de los vivos.

23 marzo 2009

La parcela de El Mubarek



Es indiferente para quien no conoce al pragmático El Mubarek, que con fe propia pisó de nuevo estos lugares con muchas ganas de vivir después de haberlos abandonado un día que no recuerda del todo bien. De los parajes de Tifariti salió despavorido a causa del ruido de las armas más la plaga que carcomió la parcela verde que el capitán de turno de la antigua guarnición dejó entre sus manos, hasta el regreso de una misión urgente allende de los mares.

La somnolencia de paz con ceñida libertad empujó a El Mubarek como una libélula a delimitar con evidentes linderos los escombros del pretérito huerto donde hoy se afana en levantar pieza a pieza el barracón de hojalata y cartón en una explanada que considera su terreno liberado.

Empeñado en que la reconstrucción no es nada ilusoria, El Mubarek se muestra fascinado entre la desperdigada chatarra de la guerra y los dibujos de calaveras en placas de metal que anuncian el peligro de minas. Martillando contrarreloj a lo largo de todo el día para hacer realidad el soñado cobijo de su vida, sin negarse a prestar ayuda a todo aquel que tenga la ilusión de convertir el lugar en un dedal de barracones, mientras tanto el iluso hombre espanta la soledad en la cañada próxima a la intersección de las pistas que llevan a todas partes. En la misma dirección se asoma de vez en vez la vetusta cisterna sin matricular que provee de agua potable a uniformados y civiles por igual en la medida en que el viejo motor tenga la suficiente fuerza de alcanzar las incrustadas favelas que abrazan el mercadillo. Un humilde lugar de compra y venta que se regula por sí mismo sin la intervención ni de dependientes ni de intermediarios.

Antes de abandonar el lugar el viajero, perplejo ante su propio asombro, toma impulso y sombra en una superviviente acacia antes de continuar el incómodo periplo, que en todo caso no disipa el recuerdo del retumbar del tambor de El Mubarek, el hálito de humo del rudimentario horno de pan y la compacta polvareda que los neumáticos despiden hacia el cielo para dejar entrever la parcela que se aleja en la dirección contraria.

17 febrero 2009

Sidati Salami: una manera de contar



El modo de vida operada en la sociedad a causa del flujo mediático y la nueva visión que azota el mundo ha dejado algunas costumbres y tradiciones en la cuneta del olvido. De ello no se salva la narrativa oral que hoy en día se lame las heridas de la decepción y el desinterés. Sin embargo esta manera de expresión tan antigua como actual al menos aquí sigue en las buenas manos de un brillante poeta saharaui que la guarda con amor y coherencia indeleble como algo muy personal y de interés general.

Un hombre majestuoso en el aspecto, en la expresión y en la manera de hacer llegar la palabra hasani como eco cultural al margen de la dualidad y los entresijos, en un pacto carnal y espiritual, de vuelta hacia atrás a la memoria social, a fin de asomarse al futuro en escala inmediata en el presente, atiborrado de contradicciones permanentes que a veces perturban el natural sosiego que bebe de la benevolencia de la identidad y el desarrollo cultural.

No era fácil el reto pero parece ser que la voluntad se había sumado aprisa al ímpetu de este pionero de la radio de El Aaiun, sonrisa a flor de boca y una poblada barba gris que compagina con el atuendo tradicional que exhibe con elegancia particular, sin duda es un hombre de su época y un Mualem de generaciones. Privado de la vista a temprana edad sin que el corazón nunca haya dejado de sentir con preocupación la melodía y el ritmo que le sopla al oído sigilosamente una fiel musa que reúne en su instinto la danza, la trova y las alabanzas que azuzan el sentimiento y la emoción del hombre de las tierras inhóspitas.

Para Sidati Salami Lehbib llegar a viejo es cuando ya no hay alguien que encomienda a velar por el patrimonio cultural tanto oral como material que dibuja la huella del porvenir, que en realidad no es más que el presente que nunca acaba. Por ello no debe faltar nunca la aureola de los adagios, refranes y proverbios que continúan despertando en la sucesión del tiempo una buena manera de contar, una enseñanza moral y un apego del individuo a ese amor frenético, noble y audaz, en una simbiosis donde la tierra, los animales, el agua y la luz entran como vivencia de libertad expresa que repele con modestia todo alboroto y cacofonía de una conjura que no se detiene en estar braceando contra el medio y la idiosincrasia del hombre del desierto.

En esta concatenación de elementos se destaca la identidad como medio de existencia que rehuye, para no perecer de molicie y lujuria en un habitat bien determinado, honesto y parco, como prueba de desarrollo de cultura y sociedad, lejos de toda postración y costumbres perniciosas.

Una narrativa milenaria donde no falta la nostalgia y el tórrido deseo hacia parajes, montes y páramos que no desbordan los limites de Tiris y Zemur, escenario por la supervivencia de algunos animales personalizados de la fauna que encarnan la guerra, la pena, la alegría, la paz, el trabajo, la sequía y la abundancia de los habitantes del desierto. Toda esta representación va desde el erizo pasando por el zorro hasta el temible "GARFAF". Una verdadera fábula donde el bien y el mal no coinciden nunca y donde el misterio y la mitología aportan más virtudes que quimeras, e insuflan valor y determinación a grandes y chiquitines, aunados por una llana narrativa popular y por mucho más...
*Ilustración: portada del libro Cuentos saharauis de Larosi Haidar

05 diciembre 2008

El panadero Moulud




Las buenas espigas de la adorable Tadjist, sureste de El Aaiun, habían despertado en el panadero Moulud un amor eterno hacia esa profesión que defendió con creces, hasta que no pudo introducir la paleta de madera en el interior de la boca del horno para sacar el pan. El resultado del empeño con el que ganaba la vida con fe de satisfacción, era un pan de harina natural cocido a base de leña del indomable izik, cuyas graras parecen ser un cinturón de vida verde que acorralan a una ciudad en la que su gente y su historia siguen dispersos.

El calor humano sorprendía a la entrada de una estrecha callejuela de los barrios emergentes de Colominas, donde se destacaba una casa-favela de construcción humilde, afeada por una rehabilitación posterior, laberíntica e iluminada a la hora del trabajo por una llama tenue dentro de un agujero, el horno. Sus pasillos retenían como una caricia el olor crujiente de la pasta amasada con delicia por las manos de Moulud, quien trabajaba pensando siempre en los lugareños y en los niños curiosos que traían el pan ácimo para hornear.

Los chavales vivían la vida con intensidad y años después aún recuerdan el esfuerzo de ese hombre genial, aferrado continuamente a su tarea en aras de mitigar el hambre de los demás.

El horno lo levantó con piedra, hierba y arcilla, mixtura de esfuerzo de un hombre sin sosiego que amaba su profesión. De aspecto impresionante, voz casi inaudible, enjuto y misterioso para muchos que no conocían el secreto y el misterio del panadero, haría falta mucha imaginación para reconstruir los lugares que recorrió en su faena para conquistar el pan. Muchos se han olvidado de él, pero algunos todavía recuerdan vagamente aquella enseñanza que repetía a diario en el horno: que todo lo que se hace con amor, con corazón, tiene que salir bien.

Moulud hacía las cosas muy bien, era honesto, auténtico, resultado de su gente y de su paisaje, un hombre firme, lejos de ser veleidoso para no volverse hostil con el paso del tiempo, temía a los pies de barro, como la traición y la mentira, porque sabía que no llevarían lejos.

Los últimos años una enfermedad sin reparos le robó parte de ese ímpetu y energía para dejarle inmóvil, impedido de recorrer las zigzagueantes estelas de una ciudad que le llevó a la prosperidad y al cariño.

La embriaguez de felicidad sigue patente a su manera, los ojos no lo ocultan y tampoco las pálidas manos, que de un momento a otro viajan con dificultad para reencontrarse con las ruedas de caucho de la antigua silla que alguien dejó a su paso, y que constituye hoy sin embargo un eficaz medio con el que se menea de un lado para otro sin cambiar de posición.

Por ello y por todo el esfuerzo, el corazón de este hombre sigue latiendo para sus adentros, sin haber soñado nunca con el estrellato, sólo con vivir como un simple panadero a la altura del señor Suilem y el noble Manolo.

25 octubre 2008

La vuelta de Octubre


Cada año cuando el estío arbitra el otoño y la primavera en sus respectivos pasos estacionales, sentimos entonces más de cerca el octubre que nos sorprende inmersos en recuerdos que se viven con sabor propio y fuerza de cambio. La memoria en su dimensión de nostalgia y de fiabilidad va rodando por hechos insólitos que causaron deformidad degradante a la vista de todos, pequeños y mayores. Pues de aquellos episodios se destaca por excelencia esa eclosión de langostas gregarias, famélicas, que aparecieron un día de finales de octubre envueltas en nube oscura que se levantó del norte tan próximo a la luz de la traición de noviembre.

Era un desliz con tinte de imprudencia que caló en lo humano y en lo geográfico para dar paso a los insectos a que cuestionarán sus cuerpos alargados sobre piedras y matorrales del patio ajeno, nada importa, aunque la matriz paría dolor y aunque se removía en las entrañas a fin de ganar a costa de sufrimiento y dolor. No había condena justa, por ello no les quedaba más remedio que espantar y levantar humaredas que por desgracia arrojaron lágrimas y sueños por realizar.

Los intermediarios parciales e imparciales prometieron lo que nunca acataron y se afiliaron todos a sus colegas de antaño. Con la pasividad en marcha se marcó el inicio de la asonada de molinos de viento a roer como guerreros inmunes, desarmados de sables y armados de espejismo. Desafortunadamente la tierra se encogió bajo los pies, el gajo de viejo y de pobre esperaban atentos a la razón que tejió a la sinrazón que levantó el ánimo de la calaña que desfavoreció a padres e hijos.

El otoño de 1975 era amargo y duro. Sin embargo la gente, a pesar del vértigo, se mostró desafiante y mirando hacia atrás releían la sequía que precedió a 1970, un hecho inaudito que asociaron a la indignación de Sidi Ifni y a Bulelam el majestuoso, de modo que era el preludio de una acción malintencionada para no valernos todos de nosotros mismos y someternos a la acción de los insectos y olvidarnos de la nota musical flamenca que históricamente nos unió para siempre.

El escepticismo lesionaba a la gente, pero por mera casualidad las primeras gotas de lluvia llegaron en junio y se mezclaron con sangre que alcanzó el río. En esa confusión la armada metropolitana llevó el botín a un lugar desconocido y alguien oyó un tiro que confundió con silencio. Pocos fueron los que consintieron la ira de lo incierto y el paso desapercibido de la guerra fría que nunca fue nuestra aureola, pero el olvido permitió que se arrasara con Tifariti y Um Draiga. Desde aquellos momentos todo se había sumido en el desastre, nadie se alarmó ni presagió la próxima avalancha, aunque estaban convencidos de que sólo la voluntad de conciencia remediará el triste paso de los insectos por los cuerpos de los vivos y de los muertos. La gente tenía que sobrevivir pero sin adaptarse al juego de los insectos.

11 junio 2008

Las llaves de la esperanza



Año tras año, en un lugar semidesconocido, de vegetación escasa y nubes pasajeras, fue sorprendido por un nuevo orden internacional, recesión económica y recalentamiento global. El desafortunado cambio lo atrapó en la cima de la colina empedrada y polvorienta, donde piedra a piedra levantó el centro especial para niños discapacitados de un campo de barro. La fe y el entusiasmo del primer día aceleraron la perseverancia para dejarlo soñar despierto en el nido de su propia trasformación. Empeñando demasiado tiempo y sobrepasando prejuicios y bromas amargas.

La madurez prematura azuzó inconmensurablemente su conciencia. La neumonía y el autoritarismo envilecido no impidieron que respirara a pulmón los sanos aires de la revolución. Revolución que entonces azotaba el continente y el mundo en su totalidad. La rebeldía del Che y de otros clásicos llegaba al desierto. Las ondas electromagnéticas de tipo hertzianas hacían llegar la encomendación. De hecho, eran oxígeno a toda marcha para la izquierda. La izquierda con sus mítines, panfletos, y tribunas que cerraban el paso a otros colores. Las calles eran abiertas por los cañones de agua de los antidisturbios. La toma de la calle era para la izquierda, con sus máximas, himnos, cantos y NO HABRA QUIEN NOS PARE. El fantasma rondaba el mundo. Corrían muy de prisa los años setenta al filo de hechos tan elocuentes que marcaron el comportamiento de toda una generación, conocida con diferentes nombres.

Apenas había sobrepasado el peldaño que rige la pubertad y las ideas de izquierda ya eran patentes. La incipiente lectura del célebre diario de Guevara, la radio pegada al oído, la agitación de un amigo recluta de tendencia republicana que vino al Sahara de la localidad de Caudete para servir a la madre patria y la censura que defendía un régimen que aunaba fronteras e ideas incompatibles bajo la misma bandera y la bayoneta fueron, a grosso modo, las vertientes que marcaron el inicio de la militancia de Buyema.

Sin haberle aún brotado el vello en el rostro aceptó el alias de Castro. Bendecido espiritualmente se fue en busca de la causa de los humildes, dejando a cuestas las contaditas casitas de la oriunda Daora que, hoy como ayer, sigue atrapada en el tiempo, en desdichada espera, a que aparezca Castro y en las manos lleve las llaves de la esperanza.


Foto: La mili en el Sahara

29 enero 2008

El cartero


Decían que eran buenos tiempos pero, sin lugar a dudas, todo tiempo pasado fue mejor y de esa bonanza apareció del sur, enigmático, cabellera de tiempos de Hércules, tez morena con tinte de mar y de sol. Lo llamaron El Zorro, pero fue siempre Ahmed. Zorro únicamente por su inteligencia y nada más. Fue bautizado por sus progenitores el séptimo día de su nacimiento. Él prefería que así lo llamaran, mientras que el otro apelativo le causaba timidez sobre todo en las horas fuera de trabajo. Humilde como aquellos tiempos, tranquilo en el habla y honesto con todos y con aquellos que hicieron de él un verdadero mensajero paradigmático que aproximaba la distancia cambiante, una vez con su toque de alegría y en otras con su tristeza, donde lo humano siempre estaba presente, todo ello encerrado en un sobre acuñado recientemente al otro lado del planeta.

Todos los jueves de la semana se le veía inquieto, nervioso, en la pista sin pavimentar del único aeródromo en vísperas del aterrizaje forzoso del viejo Junker, proveniente de las Canarias que trasportaba el correo y los víveres para el Askar del Sáhara. De esta manera tan singular comenzaba la jornada con el reparto de las cartas de grosor de cartulina; todas selladas con la esfinge de un ciervo extinguido y el valor de 50 céntimos de peseta. La tranquilidad de Ahmed se acababa en el momento en que cogía el bulto de correspondencia sin que las hélices del motor hubieran perdido fuerza, era el primor del cartero.
Poseía particular manera de trabajar, iba entregando las cartas por orden jerárquico, después de haberlas clasificado en la estrecha casita de adobe de techo abovedado y paredes interiores de cal. Los reclutas amanecían sin perder la esperanza de que el buzón tragase unas líneas de verso escrito de muy lejos.

El cartero vivía en la parte baja del poblado colindante al frig de tropas nativas y se encontraba hermanado con la única estafeta que se había fundado sobre los surcos del huerto de Abdalahe uld Bhay y donde por mera casualidad se levantó el vivac de la mia de camellos a su retorno triunfante por haber alcanzado y no morir la ciudad santa de Smara, entonces, corría el año 1934, y la tropa la encabezaba el capitán Bullón, El Kaid y el Chej Mohamed Fadel.

En estas tierras del desierto, el correo nace como una necesidad imperiosa a fin de unir las fronteras fragmentadas de la metrópoli siguiendo el ejemplo de Francia con su "correo del sur" que enlazaba las colonias francófonas del África noroccidental y donde por excelencia Antoine de Saint Exupéry desempeñó un papel trascendental fijando la punta de avanzada de su escuadrilla aérea en Tarfaya, Cabo Juby, la otra frontera arrebatada a los saharauis en 1958, Saint Exupéry seguía el trayecto de otro francés, Vicente Latécoère y su aeropostal que después de África se trasladó a América Latina con una escala casi segura en la ciudad natal de Ahmed, Dajla.

Ahmed vino ligero de equipaje de esa ciudad, optando por el oasis y la fuente de la Saguia; donde casi moría apenas llegando el mar, pero él tenia tenía el sur como vértice y ni podía olvidar sus primeros pasos sobre la fina arena de oro y los mansos delfines jugueteando a agua tibia que empujaban majestuosamente el buen pescado en las redes de los legendarios Amraguen.

La villa natal de Ahmed fue gestionada mucho antes por la compañía hispanoafricana que ancló en 1886 para consagrar la presencia colonial y mercantil en la zona por iniciativa de la Sociedad Geográfica de Madrid. Ahmed llegó a viejo como su ciudad. Entonces ya nadie escribía cartas de amor ni de exaltación de la distancia. Se arropó de tristeza, lo acompañó la pena y el olvido, se encerró en un antiguo edificio colonial que sus inquilinos abandonaron y sus arrendadores tomaron otro camino opuesto sin haber dejado dirección alguna ni haber fijado tiempo de regreso.

Enero 2007

12 enero 2008

Sahara Occidental. La verdad de una razón




Evadir toda solución que reconozca el derecho del pueblo saharaui parece ser la máxima de Marruecos. Pero por lo visto también el proceso de Naciones Unidas para el territorio no pudo tomar vuelo por la incesante incertidumbre cuya espiral está inconmensurablemente ligada con una atmósfera que urge libertad y derecho humanos como garantía de la paz.

Parece ser que la buena voluntad mostrada desde el inicio por los saharauis a una solución justa ha sido malamente interpretada por la otra parte, Marruecos, que a la par ha hecho de estos buenos oficios una manera determinante en su sucesiva dilatación del proceso onusino a fin de ganar tiempo y recursos, y con ello, sacudiría el espíritu de independencia que venían defendiendo los saharauis hace más de tres decenios.

La indeferencia cara al ocupante por parte de algunas potencias influyentes en el área internacional ha llevado a la crispación, deterioro y desconfianza en las relaciones a nivel nacional y regional.

Sí, los diecisiete años de presencia sobre el territorio de Naciones Unidas se pueden catalogar de fiasco. Sin embargo, la intransigencia marroquí de jugar a las dos cuerdas deja tanto a los saharauis como la comunidad internacional presos de su propia perplejidad en un tema de descolonización.

La organización de Naciones Unidas debe superar su incapacidad y no limitarse a un diálogo de sordos que entra en un círculo sin salida ni perspectiva alguna. Diálogo que cada vez distancia aún más las posiciones de las partes en conflicto.

El llamado a reanudar conversaciones bajo la égida de Naciones Unidas con buena fe y sin condiciones previas es insuficiente hasta el momento. El problema es el de un pueblo que fue invadido y arrojado fuera de su propio país por la fuerza de las arma. La cuestión no reside únicamente en términos bienintencionados sino en los mecanismos que se deben seguir pera arribar a una verdadera paz. Es hora de que se ejerza la presión adecuada sobre la parte que pretende hacer de las Naciones Unidas un baluarte y un manto que solape la ocupación de un territorio ajeno. La violación de los derechos humanos, el pillaje de recursos naturales, el fomento de la inestabilidad, el envenenamiento de relaciones con países próximos y lejanos, la estimulación del mercado de estupefacientes y la inmigración ilegal son a groso modo el sumario de un país que vive de la soberbia, la corrupción y la mentira que continua siendo el mayor obstáculo ante las oportunidades de desarrollo e inversión en la región. El Magreb necesita paz, pero con los saharauis; necesita paz cara a sí mismo y en favor de sus vecinos más próximos.

Los saharauis sólo pretenden paz y esperan que la ronda de conversaciones actual desemboque en la búsqueda de esa paz perdida, de esa realidad y de esa razón que anhelan nuestros pueblos. Pero mientras se niegue la existencia de la víctima no habrá paz ni estabilidad. Sería igualmente bueno recordar que dichas negociaciones hay que establecerlas en su propio marco, es decir, que sean el método y no el fin que perpetúe la ocupación del Sahara occidental.

En la historia de descolonización se respeta la carta magna y en concreto el principio de autodeterminación de los pueblos. Los saharauis no podrán ser una excepción al margen de la carta y de la legalidad internacional. Por ello, hay que atenerse a la verdad y como decía Havel "que la verdad prevalece para quienes viven en la verdad". No hay que perder la verdad ya que está ligada a la razón de un proceso de descolonización que en ningún momento podrá salir de la legalidad intencional.
Enero 2008

28 diciembre 2007

El espíritu de Tifariti



La decencia de cambiar mostrada por los saharauis durante la celebración del decimosegundo congreso del Frente POLISARIO es un aliento y una manera de simplificar los tabúes e ideas ladrilladas que no aceptan la corrección de lagunas y errores del pasado.

Por si esto fuera poco, la decepción creada entorno a la dilatación del proceso de Naciones Unidas para el territorio, la indefinida tregua con Marruecos, la dilapidación de recursos, la indisciplina de cuadros, la falta de seguimiento, el abuso de autoridad que redujo a cero a las potencialidades humanas y materiales heredadas de los tiempos de apogeo; no son más que hechos elocuentes que azuzaron el debate en el seno de la organización independentista. Es el llamado espíritu de Tifariti.

Los fieles del POLISARIO no tocaron el arpa de Nerón ni tampoco se mostraron dispuestos a tropezar con la misma piedra en una era cuyos desafíos son más que evidentes. La campana mediática orquestada por Marruecos a la par de los días del congreso es un ejemplo de las malas intenciones del ocupante.

El cónclave es una meta y una manera para renacer de nuevo, evolucionar, rehabilitar las instituciones, fijar las cláusulas del juego democrático, y fomentar los derechos humanos y con ello evitar el divorcio entre la base y la superestructura y corregir en vistas al presente y el futuro.

En lo que concierne a las expectativas de paz, los saharauis no han cerrado la puerta ante un diálogo honesto en el marco de Naciones Unidas, pero no descartan igualmente las hostilidades si las supuestas negociaciones no llevan a buen puerto. Mientras tanto, la Intifada seguirá como elección y ánodo frente a la soberbia marroquí.

El encuentro ha sido, sin lugar a dudas, una parada donde la valoración exhaustiva ha sido la mejor terapia y una manera de fortalecer el cordón umbilical de los saharauis en todos los niveles.

Hasta el momento un indicio. Es momento por ello de no bajar la guardia a ultranza, olvidar el triunfalismo y no afanarse al último canto del cisne. Los que no escarmientan serán inaudibles, exánimes. Hay que esperar. De Tifariti a Rabuni hay un buen trecho.


Diciembre 2007

03 octubre 2007

La paz que mata



A finales de 1975, el engranaje de la vida, llevó con sus alas a Abdala, el señor de la fuente, a acampar como muchos otros en las proximidades de un célebre pozo de Lahmada. Abdala topó con su nombre, lejos quedó la tierra natal. El destino y el azar, ambos juraron fidelidad tras las huellas de Abdala. Llegó a donde nunca esperaba llegar; a un paisaje lunar, escasez de agua, y un eterno letargo de las víboras a causa de las altas temperaturas.

No obstante, el señor de la fuente, alcanzó esos confines huyendo de la irrupción marroquí, después de haber dejado a los españoles recogiendo sus últimos enseres, una deuda y el olvido a los postulados de Bartolomé de las Casas.

Abdala vivió sus últimos días con intensidad en aras de la libertad. Por ello le sobraba razón para seguir y anhelar todo el sueño del mundo pero, por suerte o desgracia, su vida no se alargó tanto. Él presentía la faceta de luz y de sombra que el destino invoca. Sus paisanos, los saharauis de ahora y los de entonces, le brindaron oportunidad e incluso inmunidad, pero Abdala sentía algo extraño en sus adentros que achacaba sin aviso ni reparo ni consenso, un síntoma que galeno alguno diagnosticó.

En honor a la historia y a la patria, Abdala no pretendió nunca hurgar en el mal que acechaba su cuerpo. Más bien, defendió un ideal y murió por un empeño. El contacto con gente humilde ofreciéndolos el botijo, la garrafa o la petaca llena de buena agua, inspiró en su instinto una manera superior de amar y de humanismo. Iba dando la vida, para que otros no la perdieran.

Con recelo velaba entonces por la fuente, por el mar y últimamente más que nunca por Hassi Abdala. No veía con buenos ojos la supervivencia bajo el toldo de no guerra, no paz, truncadas ambas. Tal situación es dura, letal y amarga, y en páginas de historia reciente desmoronó imperios.

Y todo sigue, los restos de Abdala y los saharauis al margen, desterrados, al otro lado de frontera de su propio país donde gobierna ahora un general, un monarca y una quietud, "bendición del cielo".

Saboreen el triunfo, den tiempo al tiempo, y recuperen mejor el rumbo en un universo nítido y hermoso como el nuestro. Pobre Abdala murió a causa de tanta hipocresía y no por falta de agua. Ingenuos nosotros que a principios de ese septiembre, el día que nos marearon, hace dieciséis años, dejando libre a la perdiz y brindándonos a cambio de nuestros pasos una paz que mata.
Octubre 2007

30 julio 2007

El señor de la fuente



Es una historia triste, probablemente más triste que el aspecto ordinario de Abdala, el señor de la fuente, ese personaje del cabildeo; el botijo siempre a cuestas, aguador de buena estirpe, ensimismado y engreído en su propio espejismo, revolucionario de otra época. En aquellos días de abandono cuando llegó la plenitud de los años, no pudo ocultar la intriga con que se quedó al ver congregarse de manera espontánea a la conciudadanía en el bar Oasis y en El Casino, que a la vez eran administrados por Pepe el Andaluz de Jaén; venían de todos los confines para estar al tanto de la última en la "última”.

Los ciudadanos del cabildeo, civiles y militares, tomaban sus últimas copas con sabor de amargura, las partidas de bingo y la música flamenca no tranquilizaban a los allí presentes. Por su parte, los castrenses no ocultaban la decepción, decepción acentuada por la falsa movida de tropas en la frontera norte, preludio del paso irreversible de la Marcha Verde.

La futura cesión del territorio a Marruecos adelantado por "La Realidad”. La noticia en primera plana levantó la liebre. El periódico fue clausurado días después, lo que sumió al Sahara en una total desinformación que coadyuvó en la acción de la Marcha Verde, los acuerdos de reparto y el éxodo de la población bajo el efecto del bombardeo indiscriminado de la aviación real Marroquí.

La muerte del general, el tormentoso proceso de descolonización coincidieron curiosamente con la pascua y la circuncisión de los niños de los barrios nativos que días antes, muy tempranito, iban abrigados con sus chilabitas pardas, las pizarritas de madera debajo del brazo. Les esperaba un longevo mualem, amigo íntimo del barbero, que cada año hacía esa pequeña operación de cirugía a los menores.

La barbería de Ahmed era el lugar más adecuado donde se reunían algunos de los supervivientes de la guerra civil. Ahí, los señores del frente, aunaban esfuerzos para rememorar con paciencia un duro pasado. Los viejos militares llevaban consigo esa incertidumbre plagada por la edad, los reveses y una victoria que nunca fue reivindicada por nadie. Los "hombres del frente" como les llamaban algunos, platicaban sobre lo que hubo y lo que quedaba por haber sin dejar de soslayar las proezas, historias e injusticias, hechos emparejados, vividos a la fuerza bajo el sello autocrático de aquellos tiempos. En torno a ese diálogo al lado del barbero, los viejos compatriotas no olvidaban esa noche de lluvia en que fueron embarcados a bordo de una fragata de pabellón desconocido, y que después de una larga travesía les dejó a la altura de boca de una gruta acomodada para fines bélicos. Los platos de puré de papas, las caras inocentes de los niños huérfanos de ambos bandos crearon exasperación en la mente de los hombres llegados del desierto.

A medida que avanzaba el día en la barbería el relato de antaño amainaba sin que el dueño dejase de manipular con maestría los implementos de su labor y el oído siempre atento a la conversación de los asiduos clientes.


Trascurrido el tiempo, mucho falta por contar. No obstante, el local de Ahmed brilla el sol en su ausencia. Sin embargo, no muy lejos de ese lugar histórico se levanta hoy una moderna peluquería con butacas movibles y alargados espejos de punta a punta de la pared. Una barbería diferente con los cortes que están en boga y un aire de estos tiempos. Los jóvenes que concurren al lugar caen por desgracia en las redes locales de la inmigración, les animan y reclutan como futuros cayuquistas. Es triste como el comienzo, los jóvenes antes de partir rumbo a lo incierto, dejan el dinero reunido en manos de las mafias, la familia y la patria en manos de nadie, y el cuerpo y la ilusión en el fondo del mar.

En torno a toda esa trama y perplejidades, la provincia de ultramar continua sola, huérfana como los chiquititos de la guerra, debatiéndose en el abandono, atenta a esa razón que defienden algunos como la claudicación que asestó el severo golpe a una memoria marcada por un grado de concreción común. Probablemente por eso uno de los personajes de esta historia abandonó, desgraciadamente, este mundo lejos del lugar donde vivía, llevando únicamente consigo parte de la historia sin contar. Murió en un hueco del desierto próximo a un pozo desolado, de nombre, seguro estoy, que no era español.

Julio 2007

01 febrero 2007

Aichata y el bocado


Es verdad que la vida depara, y tras de ello nada emerge de la nada. Pero, probablemente, cuando Aichata vino al mundo no esperaba que a la tercera edad el pobre bocado que añoraba tanto como cualquiera, iba a estar sujeto a una filosofía que realmente no entendia. Es la vida.

Yo diría que Aichata llegó a su manera, al margen de tantas cosas que conoce y otras que ignora. Más bien llegó con el entusiasmo a flor de boca, a pesar de la escasez acentuada por las lluvias de febrero.

Aichata aún no se ha resarcido de tanto dolor, y el peso de los años se ha acaparado de sus rodillas que ya son como platos vacíos, dislocados, sin ser al unísono arrastrados por unos pies planos. Pero valía la pena verla el otro día barriendo el patio enfangado, atrofiada en melhfa de vieja tela.

Es sabido que había perdido su patria, los pollitos fueron llevados por el agua y los hijos por la guerra. Y estos días de frío llovió sobre mojado al soplar la borrasca de recortes alimenticios que dejaron la cocina de Aichata sin legumbres, el arroz y la lata de sardinas y el kilo de harina con que preparaba el pan medio quemado, rudimentario, difícil de roer, pero apreciable para la anciana.

No entiende de política, analfabeta empedernida, pero reconoce que el tiempo le enseñó que en la vida se dibuja una lontananza donde converge el humanismo, que indudablemente con razón despejará el desdén, para que no haya un mal sueño ni tampoco una mala esperanza.

Todos los días con vehemencia, Aichata en su lecho tiende su mano como si fuera querer abrazar a medio mundo, después de haber mezclado el resto de papilla que le queda con agua, en espera que amanezca el otro día.

Al llevar el bocado a la boca, acuérdense, al menos de Aichata. Y ojalá que prevalezca la sensatez antes de que amanezca.

Enero 2007

12 octubre 2006

La ira del otoño


Del número de otoño de la revista Ariadna R-C

Todo comenzó una mañana de otoño, inmediatamente después de haberse amainado los abregos. Era octubre, los pastores ya dejaban de abrevar a los camellos, precisamente en esos momentos, la plaza mayor de la ciudad era conquistada por unos raros y vetustos tanques de un ejército vecino. Todos estábamos a la expectativa aquel día, miedo había, acentuado quizá por los sonidos de una corneta que anunciaba a su manera el fin de la última bandera, y el secuestro de colores que venía defendiendo medio mundo a esas alturas.

Todo ocurrió, bajo la custodia de cañones y trompetas, nada de urnas ni principios. En el palco, todo lucía diferente, ni otoño ni patriarca, sólo peroratas, discursos, ausentes de meridionalidad, interrumpidos de vez en vez por aplausos, muecas y abrazos, concesiones a cambio de la nada, y una mirada de nostalgia al presente y al pasado. Nosotros tan ausentes seguíamos el acto de entrega y abandono al otro lado de la acera, aturdidos por los tanques.

Hacía un frío agudo que parecía que se levantaba de las profundidades del océano, era treinta y uno de octubre, se respiraba un aire gris y para colmo ni una brizna seca crujía bajo nuestros pies, amén de la arena movediza y un agrietado asfalto que serpenteaba desbocado en dirección al pétreo Izic . Sin embargo, los pocos árboles y matorrales mutaban el rostro a causa del otoño y los humos de los tanques.

El otoño en mi patria variaba con su propia mirada que esconde mil recuerdos de tantas hazañas, pero siembre menos nublado y triste como la cara de aquel viejo que quedó perplejo al hacerle decidir en la plaza por uno de los colores, unos se van y otros se quedan.

Al vecino no le sorprendió tanto el tanque como la trompeta. Era el último otoño en suelo patrio, nacido de las costillas de un intenso verano que estiraba sus brazos a fin de atrapar a la gente, el horizonte y las minúsculas estrellas que siguen perteneciendo nuestro universo.

Todo se barajó por aquellos días, la irrupción, el aborto y el fin del comienzo de tantas promesas incumplidas, y más aún una paz presa en rascacielos donde supuestamente se sientan por igual grandes y pequeños para discutir la agenda de la asamblea de tantos otoños.

En medio de esta poca visibilidad, tomé nota en mi libreta de caligrafía de los hechos de la plaza de El Aaiún, ya que todo apuntaba a que no habría comienzo de próximo curso ni tampoco el maestro volvería a exigirnos la lectura de la lección de historia, donde pretendía hacernos olvidar por igual la ira del otoño que se avecinaba.

Izic: zona a las afueras de El Aaiún.
Octubre 2006


Mohamidi Fakal-la. Nacido el 6/6/1960 en El Aaiun (Sahara Occidental). Cursó sus estudios primarios y segundarios en su ciudad natal. En 1975 tomó el camino del exilio al igual que la mayoría de su Pueblo después de la mala descolonización del territorio. Terminó sus estudios en Cuba, licenciándose en Periodismo por la universidad de Santiago de Cuba. Seguidamente trabajó en el periódico "Sahara Libre" y Radio Nacional Saharaui. Colaboró en la antología de poetas Saharauis que escriben en español: " También en el desierto crecen flores", editada en Italia en 1987. Colabora actualmente con algunos escritos para "Poemario por un Sahara Libre", entre otras publicaciones.

05 octubre 2006

La Cárcel Negra de El Aaiun


Tenebrosa y humillante, la tristemente célebre Cárcel Negra de El Aaiún, se levantó paradójicamente en los mismos momentos de toma de conciencia de los saharauis a finales de los años sesenta del siglo pasado. A día de hoy, sigue como un viejo edificio redondo que habla más por su historia que por su aspecto arquitectónico, donde la fuerza de la imposición pugna por hacer prevalecer la privacidad de derechos, el despojo y la ocupación sobre los valores de la autodeterminación y las libertades esenciales.

Ubicada en la parte noreste de la capital del territorio, en la costa sur del río Saguia el Hamra, colindante a la antigua cochera española, no lejos de los barracones de tropas nómadas y el único horno de ladrillos que dominaba desde cueva chacales a la granja de Chano y la “selva” de Jerjel-la, donde crecía una higuera. La higuera de los “condenados”, raquítica y semi seca durante todo el año, apedreada constantemente por los niños nativos que vivían en los chamizos más cercanos, y que intentaban vanamente mitigar el hambre con un mísero higo, que los legionarios y majaristas en diferentes épocas, y enarbolando diferentes banderas, dejaron en su vaivén cotidiano entre el cuartel de Sidi-Buya y cine las dunas, cuyas incómodas butacas estaban siempre repletas, más de uniformados que de paisanos.

En el centro penitenciario nada es sorprendente, tanto el modo de tortura, negligencia, hacinamiento y anarquía que con el devenir del tiempo traspasó el hermetismo de los muros y barrotes. Trama maquiavélica de funcionarios, guardianes y esbirros se constata fácilmente en el comportamiento y máculas en los cuerpos de los reos que son tratados con mano dura y sin ningún tipo de indulgencia.

Por los tenebrosos vericuetos, laberintos, celdas y mazmorras desfilaron próceres nacionales, rebeldes, deportados, defensores de derechos humanos y rezagados de un bando y de otro.

Los acontecimientos de Zemla, los duros años de plomo son a groso modo el trágico episodio de los saharauis, donde la Cárcel Negra es uno de los peores exponentes del calvario que conoció esta población en los últimos decenios de opresión colonial.

Las voces de los torturados que se levantan detrás de las rejas se entremezclan con las pintadas en la parte exterior del muro del calabozo donde se esconde toda una historia de nostalgia, frustración y una tímida luz de esperanza que emerge de las oscuras y raras caricaturas, frases recordatorias de un amor honesto y otro desleal, nombres de personajes desconocidos, otros más comunes, pero ya inexistentes, fechas de inicio y fin de una misión malamente encomendada en un lugar recóndito del desierto en el que sus auténticos amos, hoy como ayer, siguen gritando patria .


La Cárcel Negra del Aaiún, símbolo, hoy como ayer, del ocaso de dos dictaduras, la franquista y la de Mohamed VI.
Octubre 2006

02 septiembre 2006

Las oscuras noches de la medina


…y cada primavera nace una flor con pétalos de mayo.

En los momentos en que Embarca volvía de la casa de vecinos más próximos donde tomó el ritual té con el tostado maní del lejano Senegal, atardecía y el crepúsculo enrojecía con pasos firmes las fachadas de las casas. De inmediato, los Grupos Urbanos de Seguridad (GUS) iban bajando para conquistar las calles y puntos neurálgicos a raíz de las protestas independentistas de finales de mayo.

El clima de temor se respiraba por doquier entre la ciudadanía, imperaba más bien un marasmo fantasmagórico, acentuado por los sucesivos apagones de un antiguo generador eléctrico que databa de la época franquista, y cuyas ruedas dentadas cuando estaban en marcha perturbaban igualmente la tranquilidad del vecindario de avenida Cataluña. Para colmo, el corte de luz dejó a la población sin los panes crujientes del noble Manolo, y la oscuridad encubrió a los GUS en la “caza de brujas”.

La G 3 No 13, de la barriada Colomina, habitualmente se encontraba cerrada y el umbral de la casa repelía constantemente el azote de aire que despedían las cercanas olas del mar. Sin embargo, esa noche, los agentes no vacilaron en acatar la orden prescrita en la comisaría de la Plaza “Mechuwar”, ésta última representa con su espacio a cielo abierto y el modelo arquitectónico, el emblema de la filosofía de la ocupación. El asalto de la casa de la señora Embarca fue arbitrado por un suboficial de baja estatura, panzudo, de brazos consistentes y con un tic nervioso en la comisura de la boca. Se mostró desafiante y procedió en su empresa antes del último canto de gallo del amanecer, no sin antes consultar un plano de líneas entrecortadas entre sí que dibujaban a su manera la vivienda de los Embarek.

Los Paramilitares irrumpieron por la fuerza en el mismo momento en que se levantó un requerimiento envuelto en llanto de una mujer con un “DEJADNOS EN PAZ”. Salma, la hija mayor de la familia, intentó cerrarles el paso, pero los fuertes codazos en su cuerpo apaciguaron su intención. El ajetreo y la trifulca entre agresores y agredidos, despertaron la curiosidad de vecinos que siguieron la trágica escena con sigilo desde los anchos ventanales de rejas metálicas carcomidas por el tiempo y el salitre.

Informaron a un mando superior interesado por los pormenores de la acción, llamando desde un móvil de timbre extraño. Se levantó aturdido a causa de la cargada humedad que oprimía el ambiente en el interior del cuarto donde reposó algunos minutos tras levantar la bandera independentista en avenida Smara, el mismo día del fallecimiento del abuelo.

Estaba lívido, agitado, consultó el frágil reloj de pared de marca asiática. Abrió precipitadamente la puerta del lavabo, lavó la cara sin interesarse por la pastilla de jabón que tenía enfrente. Encontró su rostro reflejado en el espejo de fantasía, rehusó tal encuentro con el “otro”, como si nunca hubiese existido tal semejanza. Salió en busca de la madre que tartamudeó algunas palabras en voz baja. Se oyeron entonces los primeros trompazos de los GUS, no había tiempo que perder, besó la frente de la "vieja”, como la llamaba cariñosamente, y salió disparado hacia el traspatio que llevaba a las afueras.

Después de tanta espera, amaneció con desesperación, Hamdi no había vuelto a casa, la ciudad parecía más tranquila de lo normal. El terrible viaje de búsqueda llevó a la madre por calles, páramos, puertas de comisarías y hasta se paró en más de una ocasión frente a la cárcel “negra”. Lo encontró, inerte, sangraba por los oídos y por la nariz en un centro médico. “Lo golpearon en la cabeza” informó el médico de turno. Salió absorta del lugar, iracunda, con ganas de caminar. Caminó, pero no sabía exactamente adonde iba, la mente y el cuerpo se entretejieron por el dolor. Era un viaje hacía lo incierto, cruzó un terraplén de altibajos. Se esforzaba en olvidar la congoja que martillaba a sus nervios.

Probablemente, las agujetas en las rodillas y pies hicieron reflexionar a la mujer, que supo entonces que caminaba hacia el oeste, hacia el mar, el océano, encarada justamente a la refrescante brisa que en otros tiempos quizás absorbía las lágrimas y el sudor sin dejar de atizar los recuerdos. Embarca, se paró por un momento, mostraba silencio y dolor. Al fin del largo viaje, optó por continuar la estela del reencuentro con el espíritu, después de haber hallado el cuerpo sin vida en un frío hospital.



Mayo 2006

Los aires buenos de bandera


El viejo costurero de Calle Fuente se sintió emocionado, mostrándolo con un suspiro que llenó de golpe sus cansados pulmones de un aire diferente, al pararse erguido en el ático de su taller. Desde arriba parecía otro, al sacar fuerzas a la tenacidad de los años para rememorar como sus nietos independentistas conquistaron las calles ese jueves de finales de primavera con nuevos colores de bandera y fueras al "patrón".

A pesar de la aparente tranquilidad de los aguadores que esperaban impacientes el turno de llenado de sus gigantescas garrafas oscuras como las aceitunas de Guadahortuna, se percibían aún las voces de repulsa a la ocupación en el cruce entre Giratoria y Matala. Eran las voces de un impulso tenaz, propio y generalizado, más bien la ira de un Pueblo que iba derrumbando el cerco de la humillante injusticia.

Días más tarde decían algunos "Los días de la invasión están contados". Replicaron con parsimonia y una mirada de estupor "otros" que no estaban cuando el grupo izó la bandera aquel emocionante jueves de primavera en Calle Fuente. Al otro lado de la esquina repetían los primeros " Para ganar hay que ser prudente en elegir el momento, el lugar, portando la bandera con civismo revindicar”. El grupo de jóvenes continuó su camino, y a cada paso sintió los aires buenos de libertad.

Curiosamente la inmensa mayoría de los chavales vivían en la periferia de la ciudad, algunos de ellos no lejos del taller del abuelo. Fue allí precisamente donde descubrieron que la censurada bandera poseía varios colores y una estrella diferente arrullada por una menguante.

En las callejuelas colindantes, en la parte este de las mismas, no muy lejos del mercado de verduras, la gente iba de un lado para otro ensimismada y perpleja de cómo los muchachos consiguieron alzar la bandera...

Sonó el último timbre que anunciaba el fin de la sesión matinal en el centro escolar de El Aaiun. Los alumnos se levantaron, abandonando el aula apretujándose en la puerta al son de murmullos y ruidos. Los primeros que lograron salir entre el tumulto de colegiales esperaron al resto de sus compañeros a las afueras del recinto. Momentos después se reunieron todos en torno a uno de ellos, hablaron en voz baja, apenas se oía lo que trataban, de repente cerraron el encuentro con un apretón de manos y una sonrisa en sus semblantes. Uno de ellos, que parecía el mayor del grupo, robusto y ágil se distanció apresuradamente en dirección a Plaza África, ya frente a la vetusta iglesia Hispánica, encontró uno de los bancos vacío, tomó asiento y de ahí quedó contemplando la bandera roja de la ocupación que ondeaba encima del antiguo ayuntamiento municipal. Soplaban los vientos del sur que empujaban a los transeúntes, y el estandarte parecía que quisiese volar, el incesante movimiento del asta ocasionaba un ruido inhabitual." Y como acordaron los chicos serás la próxima en bajar" dijo el muchacho para sus adentros sin dejar de mirar por dónde tendrían que empezar el jueves, de madrugada.
Muy temprano, un día festivo, los nietos del costurero fueron despertados por la madre y les dijo con voz tranquila: " Vuestros compañeros os esperan para levantar la bandera que os preparó el abuelo anoche a la luz de una vela"


Marzo 2006

16 agosto 2006

La lluvia y Aichata



Me quedé aturdido al cesar la intensa lluvia de las pasadas noches de un efímero febrero que vuelve de vez en vez con sus razones, recuerdos, efemérides, discursos y proyecciones de futuro.
Impulsado, quizá, por las mismas razones me topé por casualidad con los pollitos de gallina de Aichata, mi vecina, flotando despavoridos e indefensos. Lamentablemente más tarde yacían inertes sobre los escombros de lo que era la humilde casita de adobe de mi vecina.

La borrasca y el incesante goteo a lo largo de esas noches sin luna ni estrellas evidenciaron nuestra fragilidad e indefensión ante la catástrofe.

A Aichata y otros muchos los llevo muy adentro, con simpleza que solo es comparable a los bajitos chamizos con tejado de zinc importado de la cercana Tinduf. Hubiera deseado, con toda mi alma, que las torrenciales lluvias no hubieran diluido a la nada las cuatro paredes de Aichata.

Es la anciana más pobre de todo el barrio donde habito, desde hace tantos años. Es una vieja que vive sola, de color azabache, de sienes plateadas, tímidamente alegre y de dentadura ausente; robada más por las penurias que por el implacable paso del tiempo. Ese tiempo y sus avatares se llevaron consigo igualmente sus únicos tres hijos de diferentes apellidos, muertos en confrontación bélica en batallas diferentes en esta lucha desigual.

La encontré el segundo día de lluvia profundamente triste recogiendo algunos bártulos mojados, impregnados de lodo y destrozados, pero llenos de sentimientos y recuerdos indelebles. Intentó ocultar el desorden y la tristeza que reflejaba su noble semblante con su ritual saludo cordial. Pese a todas las adversidades Aichata sigue de pie encorvada sobre las ruinas de su antiguo hogar. Rememorando a causa de las invectivas del dolor, el dolor motivado por los efectos de la naturaleza, la patria, el olvido, la infamia, la hipocresía de unos y de otros que en aquella oscura noche de lluvia ni se acordaron de mi vecina ni de sus pollitos llevados por el agua, y no por la temible gripe aviar.


Marzo 2006

06 agosto 2006

Libertad para Aminetu


La conocí en el limbo del silencio de una muralla desvertebrante de pasiones y de fronteras casi olvidadas.

La conocí de lejos. Sí, a través de la negra ventana de estrechas rejas, solitaria, lúgubre y helada.

La conocí en el misterioso silencio, pero siempre con una expresión de libertad difícil de ser acallada.

La conocí en el horizonte atintado, amargo como los sorbos de aquella mañana que conmovieron los vientos de la patria usurpada.

La conocí después de esgrimir en nuestra ausencia las razones secuestradas desde entonces en las calles, en las playas, en los páramos y en el sentir de la gente humillada.

Más supe de ella cuando anunció aquella misma mañana el advenimiento de la vida para matar la muerte.

La conocí en mi vieja ciudad que se gravitó en torno a la llamada que rompió los silencios en instantes de una efímera mañana.

La vi con un ademán de victoria, pálida, ensangrentada, y en su mirada una reflexión más que una llamada.

Y a la hora de los retos, vamos calcando tus huellas que allanan los sentimientos en otro grito no tímido en la garganta, libertad, para Aminetu Haidar.


Agosto 2005